Todos los días recibo mensajes de personas y grupos interesados en constituirse en cooperativa. Me da gusto, en ese acercamiento reconozco la esperanza de encontrar una forma de trabajar y atender necesidades que, de manera individual, resultan difíciles de resolver. Esa expectativa merece un acompañamiento responsable. Quienes preguntan por una cooperativa ponen sobre la mesa algo más que una solicitud de información: están considerando comprometer su tiempo, sus recursos y sus relaciones en un proyecto compartido. La respuesta que les demos puede ayudarles a comprender lo que implica esa decisión o dejarlos con la idea de que basta un trámite para realizarla.
En esta dinámica me encuentro ahora frente a un grupo que pretende dedicarse a formar cooperativas. Les he propuesto que ellos mismos se organicen como una y hagan de su práctica, junto con la experiencia de otros colectivos, una fuente de aprendizaje para acompañar a quienes se acerquen después. Es todo un reto. Significa asumir en su propia organización las exigencias que habrán de plantear a otros: compartir decisiones, sostener acuerdos, producir, administrar y examinar sus errores. La propuesta parte de una convicción que también nos compromete como formadores: para orientar la construcción de una cooperativa necesitamos conocer desde dentro el trabajo de hacerla posible.
Comenzamos
Una cooperativa necesita formación cooperativa para construirse y sostenerse. Lo primero que viene a la mente es cómo constituirse, cómo tener el acta. Y cierto, el acta constitutiva le da existencia jurídica; aprender a gobernarse, organizar el trabajo y asumir responsabilidades económicas compartidas exige un proceso que ninguna acta puede sustituir. La confusión entre ambas tareas tiene consecuencias: podemos multiplicar organizaciones legalmente constituidas sin desarrollar entre sus integrantes las capacidades necesarias para conducirse. Conviene precisar los términos. Constituir una cooperativa es formalizarla jurídicamente. Construir su organización supone establecer y ejercer acuerdos sobre el trabajo, los recursos y las decisiones. Formar cooperativistas implica desarrollar conocimientos, disposiciones y capacidades para participar responsablemente en esa vida colectiva. Estos procesos se relacionan, aunque ninguno garantiza por sí mismo los otros.
Un grupo puede contar con estatutos, órganos de administración y registro de socios mientras concentra sus decisiones en una sola persona. Puede hablar de solidaridad y mantener privilegios que nadie se atreve a discutir. Incluso puede celebrar asambleas sin que sus integrantes dispongan de información suficiente para decidir. La formación debe permitir reconocer esas contradicciones y trabajar sobre ellas. Los valores y principios cooperativos adquieren sentido cuando orientan la distribución de responsabilidades, el ejercicio de la autoridad, la administración de los recursos y el destino de los resultados. Comprenderlos exige estudio. Hacerlos parte de la organización requiere una práctica que pueda examinarse y corregirse.
La responsabilidad de quien forma
Compartir una necesidad no equivale a compartir un proyecto. Varias personas pueden buscar una fuente de ingresos y tener expectativas muy distintas sobre cuánto aportar, cómo trabajar o quién debería dirigir. Antes de dar por constituida una voluntad colectiva, hace falta discutir esas diferencias. Algunas aparecen al primer esfuerzo. Otras permanecen ocultas mientras hay entusiasmo y se hacen visibles cuando escasean los ingresos, se incumple una tarea o alguien cuestiona una decisión. En esos momentos, la democracia cooperativa deja de ser una formulación cómoda. Hay que escuchar, deliberar y responder por los acuerdos.
Ahí adquiere relevancia el formador de cooperativas.
Quien acompaña a un colectivo necesita conocer la filosofía cooperativa y haber participado en la vida cotidiana de una cooperativa. La experiencia de producir con otros, asumir responsabilidades y enfrentar las consecuencias de las decisiones aporta un conocimiento que difícilmente se obtiene desde fuera. Permite reconocer problemas que la teoría puede describir, pero cuya complejidad se comprende de otra manera cuando se han vivido.
Existe una distancia considerable entre explicar el funcionamiento de una asamblea y haber intervenido en una donde se discute el futuro del trabajo común. También entre recomendar procedimientos administrativos y haber tenido que sostenerlos con recursos escasos, bajo el escrutinio de los propios compañeros. Por eso resulta insuficiente ofrecer recetas sin haber participado en aquello que se pretende orientar. La objeción cobra mayor fuerza cuando se aconseja sobre producción y organización del trabajo sin haber asumido responsabilidades en una experiencia productiva compartida. Quien acompaña necesita conocer las exigencias prácticas de sus recomendaciones.
La experiencia, sin embargo, requiere examen. Haber pertenecido durante años a una cooperativa no convierte automáticamente a alguien en formador. También se pueden acumular rutinas autoritarias, normalizar privilegios o confundir la permanencia de una organización con su calidad democrática.
El formador necesita relacionar experiencia, teoría y capacidad pedagógica. Debe reconocer los límites de su trayectoria, explicar sus errores y distinguir qué aprendizajes pueden servir a otro colectivo y cuáles respondieron a circunstancias particulares. Su trabajo se aprecia en la autonomía que ayuda a construir: que los integrantes comprendan sus decisiones y puedan hacerse cargo de su organización.
La prisa por tener el nombre
Tomemos nota. A menudo recibo estas preguntas: «¿En cuánto tiempo nos conformas en cooperativa? ¿Cuántos días se necesitan? ¿Cuánto nos cobra el notario?».
Son preguntas legítimas. Un grupo necesita conocer los tiempos y costos de su constitución. Lo que merece atención es la facilidad con que esas inquietudes ocupan toda la conversación. Pocos preguntan qué necesitan aprender, qué deberían experimentar juntos o cómo reconocer si están preparados para asumir compromisos colectivos. La prisa por operar con el nombre de cooperativa puede desplazar la preparación para vivir como cooperativistas. Se busca una fecha para firmar, pero rara vez se reserva un periodo para discutir expectativas y conocerse trabajando. Se supone que la cooperación surgirá después, como consecuencia del trámite.
La expresión «nos conformas» también revela una expectativa que conviene revisar. Parece atribuir a una persona externa la facultad de convertir al grupo en cooperativa, mientras sus integrantes reciben una gestión. El acompañante puede orientar y facilitar el proceso; la responsabilidad de construir la organización corresponde a quienes van a integrarla.
El problema se prolonga cuando un colectivo obtiene su constitución sin formación previa. Sus miembros pueden creer que ya cuentan con lo necesario para funcionar. Si nadie les ayudó a reconocer los conocimientos y capacidades que requieren, difícilmente advertirán por sí solos esa ausencia.
Debemos examinar, entonces, qué ofrecieron quienes promovieron su constitución. Cuando el acompañamiento se concentra en reunir documentos y gestionar firmas, resulta comprensible que el grupo termine considerando el expediente como su principal logro. La manera de acompañar también educa: comunica qué se considera indispensable y qué puede dejarse pendiente.
El noviazgo del colectivo
Frente a esa prisa propongo vivir el noviazgo en un colectivo: un periodo de conocimiento mutuo mediante el trabajo y la formación, antes de formalizar compromisos de mayor alcance. El entusiasmo inicial necesita encontrarse con las exigencias de realizar el proyecto. La amistad, el parentesco o la afinidad política pueden facilitar el acercamiento; trabajar juntos permite conocer cómo actúa cada persona cuando debe cumplir una tarea, administrar recursos comunes o aceptar un acuerdo que no coincide con su preferencia.
Hay que darse esa oportunidad.
Durante el noviazgo, el grupo puede organizar una actividad productiva, administrar una aportación común, registrar sus movimientos y distribuir responsabilidades. La escala dependerá de sus condiciones. Lo decisivo es que existan compromisos concretos y un espacio para examinar cómo se cumplen. Entonces surgen preguntas que el entusiasmo había dejado sin resolver. ¿Qué entiende cada integrante por aportar? ¿Cómo se reconoce el trabajo? ¿Quién puede disponer de los recursos? ¿Qué ocurre ante un incumplimiento? Las respuestas permiten conocer la viabilidad del proyecto y las relaciones sobre las cuales pretende sostenerse.
El acompañamiento formativo ayuda a interpretar lo vivido. Un conflicto puede mostrar que el acuerdo era impreciso, que las cargas están mal distribuidas o que algunos integrantes esperan conservar una autoridad incompatible con la gestión democrática. Examinar esas situaciones permite aprender antes de que adquieran mayores consecuencias.
Como sucede en una relación de pareja, si durante el noviazgo no logramos entendernos, debemos valorar si tiene sentido continuar. Eso no significa abandonar el proyecto ante la primera discrepancia. Aprender a tramitar el desacuerdo forma parte de la preparación. Otra cosa es comprobar una negativa persistente a compartir decisiones, transparentar recursos o cumplir las responsabilidades que se exigen a los demás. El proceso debe permitir corregir acuerdos, reorganizar el grupo, posponer la constitución o decidir que no se continuará. Si desde el comienzo se considera obligatorio terminar con una cooperativa formalizada, el noviazgo pierde su capacidad para orientar la decisión.
Esta etapa tiene un alcance preciso: ayudar al colectivo a conocerse y valorar su disposición para asumir el proyecto. La formación cooperativa continúa durante toda la vida de la organización. Nuevas actividades, cambios de integrantes y dificultades económicas plantearán aprendizajes que no pueden anticiparse por completo. El acta tampoco marca la graduación de los cooperativistas.
Del Círculo al Laboratorio
Considero importante esta experiencia. En 2021 analizamos cómo fomentar el cooperativismo desde el Instituto Nacional de Formación Política, el INFP. Cada jueves nos encontrábamos cientos de compañeras y compañeros de distintas partes del país en un espacio que llamábamos Círculo de Cooperativismo. El nombre expresaba nuestra concepción del aprendizaje en comunión. Buscábamos pensar juntos, compartir experiencias y crecer mediante el intercambio. Cada participante llegaba con conocimientos, necesidades y preguntas que podían enriquecer la reflexión de los demás.
El proceso contaba con la orientación de alguien que participaba en cooperativas y vinculaba su experiencia con la teoría. Esa condición daba sustento al acompañamiento: permitía discutir los principios desde situaciones vividas y someter esas mismas prácticas a una revisión crítica. Dos años después comenzamos a denominar aquel espacio Laboratorio de Cooperativas. El cambio podía admitir distintos argumentos. Para la reflexión que aquí desarrollo, su sentido central era propiciar el noviazgo colectivo: ofrecer condiciones para que los grupos se conocieran mediante la acción, ensayaran acuerdos y valoraran su disposición para sostener una relación cooperativa.
La denominación planteaba una exigencia para nuestro trabajo. Si hablábamos de laboratorio, debíamos procurar que los colectivos experimentaran la cooperación y examinaran sus propias formas de actuar. Buscábamos que la discusión sobre democracia se relacionara con ejercicios de deliberación y que la responsabilidad compartida pudiera aprenderse mediante tareas concretas.
Ese era el propósito. Establecer en qué medida lo alcanzamos requiere otra tarea.
El cambio de nombre no demuestra que los grupos hayan vivido el noviazgo ni que hayan desarrollado capacidades para gobernarse. Tampoco basta con que nosotros hayamos tenido esa intención. Necesitamos conocer qué experiencias pudieron realizar, cómo fueron acompañadas y qué aprendieron sus integrantes.
Dar cuenta de lo alcanzado
¿Han fructificado los esfuerzos del Círculo y del Laboratorio? ¿Se han constituido cooperativas? ¿Se ha fortalecido su organización? ¿Hemos contribuido a formar cooperativistas?
Las preguntas se relacionan, pero requieren evidencias distintas.
Muchos compañeros pasaron por las sesiones. Algunos seguían cada palabra con un interés que alentaba a continuar; sus intervenciones mostraban necesidades concretas y voluntad de organizarse. Esa participación tiene valor, aunque por sí sola no permite establecer qué aprendizajes se trasladaron a la práctica.
La asistencia registra participación. La constitución acredita un paso jurídico. Para valorar la formación de cooperativistas necesitamos conocer cómo intervienen los participantes en sus organizaciones: qué decisiones pueden tomar, cómo ejercen sus responsabilidades y de qué manera enfrentan las diferencias. El aprendizaje debe poder reconocerse en su actuación, con avances, límites y contradicciones.
Hace falta reconstruir las trayectorias de los colectivos. Cuáles comenzaron a trabajar juntos; cuáles vivieron el noviazgo y qué descubrieron; cuántos se constituyeron y cuáles mantienen actividad. También debemos conocer a los grupos que pospusieron su formalización o decidieron separarse. Esas decisiones podrían expresar un aprendizaje responsable, pero debemos estudiar cada experiencia antes de atribuirles ese significado.
El recuento necesita sustento. Las listas de asistencia, las memorias de las sesiones y los testimonios aportan información; habrá que relacionarlos con evidencias del trabajo realizado: acuerdos, actividades económicas, formas de organización y respuestas ante los problemas. Debemos escuchar a quienes continuaron y a quienes dejaron de participar. La salida de estos últimos puede revelar dificultades del acompañamiento que permanecieron fuera de nuestra mirada.
También necesitamos prudencia para atribuir resultados. Los compañeros llegaron con trayectorias, saberes y vínculos previos. Algunos pudieron recibir otros apoyos o encontrar condiciones favorables en sus territorios. Reconocer la contribución del Círculo y del Laboratorio exige identificar qué aportaron y cómo se articuló ese aporte con los demás factores. Quienes impulsamos estos espacios debemos someter nuestro acompañamiento al examen que proponemos para los colectivos. La evaluación puede avanzar junto con los nuevos procesos formativos: recuperar experiencias, identificar vacíos y modificar el trabajo a partir de lo encontrado. Nos corresponde documentar dónde contribuimos a desarrollar capacidad cooperativa, dónde quedó pendiente y qué cambios concretos exige esa diferencia.
La experiencia de formación de cooperativistas y de acompañamiento a cooperativas desarrollada en el Círculo y en el Laboratorio ha permeado el trabajo de la Unión Estatal de Cooperativas de Michoacán. Con esos aprendizajes, la Unión ha afirmado su presencia en el país como una fuerza que impulsa cooperativas de vivencia, comunitarias y de transformación. Esta orientación exige arraigo: que la cooperación se practique en las relaciones cotidianas, responda a necesidades del territorio y permita a sus integrantes intervenir en las condiciones que afectan su vida.
La construcción de un mundo mejor forma parte de ese horizonte. Darle contenido requiere producir y sostener el trabajo, distribuir con justicia sus frutos, ejercer el gobierno colectivo y asumir responsabilidades con la comunidad. Ahí se compromete también la Unión: en acompañar experiencias capaces de llevar esas aspiraciones a decisiones concretas y en examinar con rigor cuánto hemos avanzado. Cada cooperativa que aprende a gobernarse y a responder por su práctica aporta una experiencia desde la cual seguir construyendo.
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